Trajeron como principal equipaje sus valores: el trabajo arduo, el ingenio para los negocios, el ahorro y la capacidad de adaptarse a los cambios.

LA HISTORIA

Geográficamente, el Emirato de Líbano representa la parte central del actual Líbano, que históricamente ha tenido una mayoría de cristianos y drusos.

El conflicto del Líbano de 1860 fue la culminación de un levantamiento campesino que comenzó en el norte del país, como una rebelión de los campesinos cristianos maronitas que reclamaban por las políticas de impuestos que los asfixiaban, contra sus amos drusos, élite que ostentaba el poder económico y gozaban de privilegios. Pronto la guerra se extendió hacia el sur, en donde se invirtió la situación. Así, los drusos atacaron y aniquilaron a 20.000 cristianos maronitas, destruyeron sus aldeas e iglesias.

BUSCANDO OPORTUNIDADES EN EL NUEVO MUNDO

A fines del siglo diecinueve y principios del siglo veinte -tiempo en el que se produjo un inusitado incremento poblacional en Europa y Medio Oriente- se generó gran una oleada de inmigrantes de esa zona del mundo, que atravesaron el Atlántico dejando atrás los efectos de la sobrepoblación, los conflictos, el caos político y religioso. Los árabes constituyeron un grupo de significativo de inmigrantes que llegaron al continente americano, en las dos últimas décadas del sigo diecinueve.

La economía de exportación propia de Latinoamérica atrajo a muchos viajeros libaneses, aventureros y emprendedores por naturaleza. Ellos trajeron como principal equipaje sus valores: la pasión por el trabajo, el ingenio para los negocios, el valor del ahorro y una capacidad especial para adaptarse a nuevos ambientes. Esto, sumado a las oportunidades -no aprovechadas por los habitantes locales- les dio el campo libre para prosperar, iniciándose con un pequeño capital, trabajando en familia y con una gran entrega al trabajo.

La cultura libanesa honra el trabajo, la unidad familiar y conserva un alto grado de solidaridad étnica. Estas características forjaron grandes empresas familiares en los países en los que se asentaron y los descendientes de las siguientes generaciones fueron más tarde enviados a estudiar en las mejores universidades del primer mundo, con el fin de aprender innovaciones y nuevas tecnologías y aplicar lo aprendido, en sus empresas familiares.

EL ECUADOR DE ENTONCES, UN FLORECIENTE PAÍS EXPORTADOR

Entre 1870 y 1915, el Ecuador era una de las economías de exportación de mayor crecimiento en la región y esas noticias de bonanza comercial se difundieron en el exterior atrayendo a comerciantes de varias partes del mundo.

Los convencionalismos y tabúes de la aristocracia terrateniente española limitaba a los privilegiados económicamente a involucrarse en labores como el comercio, el trabajo manual y los servicios. Poco a poco, estas actividades asumieron los inmigrantes árabes, quienes carecían de prejuicios, y al contrario, sentían orgullo de su innata capacidad para trabajar y comerciar.

GUAYAQUIL A INICIOS DEL SIGLO XX

La costa poseía por entonces las más grandes plantaciones cacaoteras que a fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX, dieron al Ecuador el primer puesto mundial en la producción de la llamada pepa de oro. Guayaquil era el centro comercial del mercado cacaotero. Estaba rodeada de tierras agrícolas y pueblos de agricultores pobres, acostumbrados a endeudarse con la tienda de la hacienda en la que trabajaban.

Frente a esta realidad, los libaneses usaron su ingenio comercial para ser los primeros en ofrecer diversos productos entregados a domicilio y a crédito, generando relaciones de confianza y aprecio con los pobladores y llegando a los lugares más remotos donde otros comerciantes no llegaban. De andar constante, visitaban aldeas, fincas y pequeños poblados llevando consigo productos y novedades útiles para los pobladores de la zona.

LOS PRIMEROS PATRIARCAS LIBANESES

Entre 1840 y 1860, a partir del conflicto entre maronitas y drusos, llegaron los primeros libaneses al Ecuador huyendo de la guerra y la persecución religiosa. A más de la guerra, los factores principales de su salida fueron la creciente población, la falta de empleo y sobre todo su espíritu aventurero.

Los primeros comerciantes provenían de Damasco, Zahle o Beirut. Llegaban con un pequeño capital y apenas podían, abrían un almacén en lugares céntricos de las ciudad. A partir de la construcción del Canal de Panamá en 1914, Guayaquil se convirtió en un destino más asequible. Los recién llegados a este boyante puerto de entonces, buscaban encontrar a un familiar que los ayudara a comenzar su actividad comercial. La máxima meta era convertirse en importador, pues era la actividad más lucrativa de la ciudad.

UNA NUEVA VISIÓN COMERCIAL

Muchos de los inmigrantes libaneses comenzaron como comerciantes a domicilio siendo los pioneros del comercio moderno. Ellos tenían una habilidad innata para comerciar y compulsión por viajar, sin importarles las malas condiciones que los casi inexistentes caminos les imponían. Tenían éxito en el sector rural y aprendían el español con rapidez y entusiasmo. Daban descuentos, invertían tiempo en sus visitas comerciales para relacionarse y hacer sentir bien a sus clientes. Mostraban su generosidad, calidez y comprensión a la gente humilde del campo.

LAS MUJERES LIBANESAS

La mujer libanesa jugaban un rol vital en el negocio familiar. Si su marido poseía un almacén, ella aprendía a manejar todas las tareas del negocio para atenderlo cuando él saliera a vender a otras partes. Les gustaba mantenerse vinculadas al mundo de los negocios y aún cuando ya habían alcanzado el éxito y la prosperidad en los emprendimientos, las mujeres libanesas seguían ocupándose de la caja, ventas o mantenimiento del local.

LOS PIONEROS LIBANESES

Antes del estallido de la I Guerra Mundial llegaron al Ecuador Esteban Antón Iza, Jorge Elías Bucaram, Elía Ward y Mema Kozahya Abihanna. Estos pioneros y viajeros incansables (recordemos que en esos tiempos, un viaje en barco de tal magnitud podía durar meses), venían a nuestro continente trayendo originales productos y conocimientos de otras culturas, de otras latitudes, que en nuestro país eran desconocidos.

Esteban Antón Iza arribó al país con un modesto capital en 1907, cuando tenía 20 años de edad. Viajó a diferentes poblados donde la gente vivía aislada y necesitaba las mercaderías traídas del puerto. Pasó un tiempo en Vinces y a lomo de mula llegó a Latacunga, donde estableció su primer almacén. Luego emigró a Riobamba, ciudad que floreció como la estación más importante del ferrocarril que se inauguró en 1908. Él y su hermano Naum, establecieron su almacén en Riobamba y juntos se especializaron en importación de telas, bastones, calzado y otros artículos que no se hacían en Ecuador. Wadih, su otro hermano, llegó en 1915 para encargarse del almacén “N. Antón y Hermano”.

Jorge Bucaram llegó en 1908. A su llegada a Guayaquil, trajo consigo experiencia y capital; comenzó como importador y luego abrió un almacén en el centro de la ciudad. Su hijo Elías Jorge Bucaram lo reemplazó a su muerte en la “Casa J. E. Bucaram”. Un sobrino de Jorge Bucaram, llegó a establecerse en Ambato y allí nacieron sus hijos Jacobo y Assad, origen de una prolífica rama política de donde proviene el primer descendiente de libanés en acceder a la Presidencia de la República.

Emilio Isaías Abihanna fue elegido en su pueblo natal en 1912 como uno de los cuatro jóvenes más trabajadores para que salieran a buscar fortuna en América. Tenía 19 años cuando llegó al Ecuador, huyendo del caos del medio oriente. Llegó a Guayaquil con una pequeña fortuna de 1,000 dólares y hablando solo árabe, por lo que no le entendieron su nombre original (Mema Kozahya Abihanna ) y lo inscribieron como Emilio Isaías.

Se estableció en Catarama donde montó un almacén que abastecía a los trabajadores de la zona de vestidos, medias, encajes, galletas, fideos, granos, zapatos, medicinas, entre otros productos. Vendía a crédito y ello le hizo ganar mucha clientela. Luego comenzó a exportar cacao a Francia cimentando así el más importante emprendimiento libanés en el Ecuador. En 1925 Emilio Isaías se mudó a Guayaquil con sus ocho hijos y llevando consigo las características de la solidaridad familiar, el gusto por el trabajo y una energía para hacerlo, poco conocida en la época.

Elías Ward llegó en 1900 siendo económicamente independiente y abrió un almacén. Con su capital comercializó ganado e hizo exitosas inversiones en bancos de la ciudad. Compró acciones del ingenio azucarero San Carlos y en 1920 fue un importante propulsor y fundador del Banco de Descuento.

Rashid B. Torbay, fue un boticario que llegó en 1912 determinado a distribuir medicamentos y hacer trabajos de laboratorio. Abrió en Guayaquil la farmacia “La Fe” y con el tiempo prosperó y logró establecer sucursales en otras ciudades del país.

Rachid Jalil Gahnem vino en 1885 y lo siguió su hermano Cecilio. Ellos también recorrieron el campo y la costa al norte del Golfo de Guayaquil vendiendo mercaderías. En 1893, luego de mucho ahorro y trabajo duro, fundaron “C. Jalil Hermanos & Cía” en Bahía de Caráquez. Con el tiempo, llegaron a ser representantes de firmas extranjeras y agentes navieros, contando con varias sucursales en Manabí.

En varias provincias del litoral se destacaron otros emprendedores libaneses como los Ziade en Esmeraldas, la familia Chedrahui en Milagro, la familia Hadah en Manabí y los Abud en Babahoyo. Todos tenían la determinación de hacer del Ecuador su hogar permanente, tanto que en la actualidad sus descendientes viven y trabajan aquí.

LOS VALORES DE LA FAMILIA LIBANESA

Una vez que los libaneses llegaban y se establecían en Ecuador, sin importar cuán pequeño era su negocio, encontraban oportunidades de progreso en su comunidad. La solidaridad étnica daba buen resultado. A medida que los negocios crecían y los miembros de las familia no eran suficientes para manejarlos, se contrataba trabajadores de cada localidad.

Cabe destacar que la primera lealtad de un libanés es con su familia. Otro valor prioritario es la consideración y respeto para con sus mayores, valor que ha persistido como algo casi sagrado. En el trabajo, los libaneses acostumbran establecer organizaciones de tipo familiar y patriarcal en donde todos los miembros trabajan por igual, son gerentes y empleados, sin cobrar sueldo, con actitudes de ahorro y bajo consumo. Ello permite optimizar recursos, rebajar costos de operación, vender más barato y generar mas utilidades.

Al inicio, por sus enraizadas tradiciones, los libaneses procuraban mantenerse como un grupo cerrado y no admitían los matrimonios mixtos para salvaguardar su identidad. El libanés posee un gran sentido de competencia e innovación. Es abierto, recursivo y flexible para los negocios y gracias a estos valores, lograron adaptarse al medio ecuatoriano.

El libanés valora sobremanera la educación. Sus niños asisten a escuelas locales pero en su hogar complementan la formación con disciplina y amor. La casa es también centro de educación. Por las noches se estudia en familia y sus padres les explican lo que no han comprendido en la escuela. Se estimula la curiosidad intelectual y las distracciones se ganan cumpliendo primero con los deberes.

Algo importante para su cultura es el desarrollo y la habilidad para los cálculos y la matemática. En familia se aprende a ser puntuales, a asumir obligaciones desde pequeños, a cumplir con las promesas y compromisos, lo que asegura el éxito en la vida y los negocios.

VIDA Y COSTUMBRES DE INICIOS DE SIGLO

Las hijas de muchos libaneses exitosos de Guayaquil, estudiaron la primaria en el colegio María Auxiliadora, y la secundaria en colegios fiscales, ya que en los años 20 no era usual que las mujeres estudiaran. Los libaneses no tiene prejuicios de género, pues tienen la convicción de que las mujeres no han sido creadas solo para tener hijos y cuidarlos, por ello brindan a sus hijas opciones de trabajo en función de su capacidad.

En el Guayaquil de antaño, las mujeres jóvenes libanesas trabajaban en el negocio de sus padres donde aprendían lo que tendrían que hacer cuando estuvieran casadas y debieran ayudar en el almacén de su esposo. Las esposas de los prósperos dueños de almacenes trabajaban todo el día. Era su obligación impulsar y ayudar a su esposo constituyéndose así en su mejor amiga y consejera.

Los niños libaneses trabajaban desde los 10 años en el almacén de la familia. El trabajo y el estudio eran lo primero, pero se les daba a los chicos espacios para que desarrollaran sus propias actividades. A medida que el negocio crecía, había espacio para hijos y nietos en él. El patriarca enseñaba a los niños a hacer un trabajo correcto, a ser honrados, francos y abiertos en la vida y los negocios.